miércoles, 31 de agosto de 2016

Benjamin y la recuperación del aura en el arte

El tiempo y el espacio de una obra de arte es el producto histórico de la luminosidad de su época. La imagen se enfrenta hoy a su comercialización vulgar, representada en el arte como mercancía, la cosa como estado del tiempo.

La fotografía hace su aparición en la historia del arte como una contradicción, revoluciona el problema artístico en su esencia misma. Su relación íntima con la pintura se vuelve vital y contradictoria, caminan en profundo devenir en la que una a otra se condenan en relación íntima con la muerte. Pero la relación primera tuvo como su fundamento a la ciencia de la luminosidad real de la imagen, la ciencia de la vida. La pintura ha salido victoriosa en esa batalla, que es contra el tiempo, contra el espacio, contra la destrucción de la técnica. 

La preocupación sobre la reproducibilidad de los objetos del arte permeó la cuestión de la desaparición de la pintura en relación a la aparición de la fotografía como formas del tratamiento de la imagen en la historia. En la actualidad la relación se ha invertido, la fotografía y su aura están en entredicho, la sobreacumulación de imágenes digitales ha destruido su cualidad áurea, su unicidad, representada en su máxima expresión en la fotografía analógica. Con ello, la destrucción de su fundamento: el de ser imágenes de la luz, de su tiempo y contexto específico. 
Pintura y fotografía guardan una relación profunda y específica, que se cohesiona en la realización de la imagen de su tiempo. Ha surgido toda una cuestión en lo que definimos cómo arte, cómo áureo, problema que se resuelve en el tiempo de la obra, su época. Benjamin nos define de un modo bello en su “Pequeña historia de la fotografía” el aura: “Pero ¿qué es propiamente el aura? Una trama muy especial de espacio y tiempo: la irrepetible aparición de una lejanía, por cercana que pueda encontrarse. En  un mediodía de verano, seguir con toda calma el perfil de una cordillera en el horizonte o una rama que proyecta su sombra sobre quien la contempla, hasta que el momento o la hora llegan a formar parte de su aparición, esto significa respirar el aura de esas montañas, de esa rama”.

La fotografía aparece así, propiamente, como historia, como la memoria de la luz de un tiempo específico. En el que la materialidad es la concreción de los colores que definen al concepto como principio estético. El aura tiene que ver con la historia de los objetos en su tiempo. Su unívoca permanencia en un sistema de reproducción de fugacidades interminables. 

La fotografía es un detenimiento de nuestro tiempo histórico, un respiro, poesía del espacio. Y la imagen, detenida en la foto, enfrentada a la reproducción sistemática, irreconocible, de las imágenes transgresoras del aura en el arte. La pregunta es esa, cómo puede recuperar el arte su aura, cómo su reproducción imaginativa puede no quedar encadenada a su comercialización hasta el infinito, que la hace irreconocible en la era de la reproductiblidad técnica masiva. Como posibilidad, alternativa, a la crisis del arte como fotografía, que envuelve a la técnica, la exposición colectiva real se vuelve la actividad contrarrestante que realiza de nuevo el aura de la foto, en su tiempo, en la historia, como especificidad de la vitalidad de un proceso irrepetible, el de la realización del sujeto social en su ambiente.



Parroquia de San Andrés. 1931. Archivo fotográfico Radio Soley.


El arte existiría así como aura de su tiempo epocal, una tensión constante, y que puede buscar a cada momento un desprendimiento de la función orgánica específica de objeto fetichizado que la percepción autoritaria de nuestro presente le ha impuesto como criterio. El éxodo de la fotografía en el tiempo como trayectoria de luz dentro del espacio. 

Eso es ir  “Del laurel al kiosco”, trayecto de imágenes y luces que en la lente se nos vuelven claras, tomamos conciencia del espacio que vivimos, de nuestro pueblo y ciudad, lo que va y viene en este pequeño cosmos de la memoria que abrimos, hacia la idea de un recuerdo del tiempo que estamos viviendo. Poemas del encuentro colectivo que desde la autogestión realizamos, imagen viva, natural, de la fotografía.




Rodolfo A. Ordaz Hdz.
Bibliografía

  • Pequeña historia de la fotografía. Benjamin, Walter. En “Sobre la fotografía”. Ediciones PRE-TEXTOS, 2007.
  • Marina Abramovic: La conquista del aura en el arte contemporáneo. Benavides Sola, Juan Francisco. Revista digital “Reflexiones Marginales”. Numero 34 Estética de la mirada. 


martes, 2 de agosto de 2016

ORFA BOHÓRQUEZ ¡A 30 AÑOS DE SU ARTERO ASESINATO! ¡LA LICENCIADA VIVE EN EL CORAZÓN DEL PUEBLO!

 Las imágenes nos refieren al recuerdo. El pasado vivo de su mirada, de su determinación, de su amor por el pueblo. Orfa nos enseñó el significado de la entrega revolucionaria a la causa de los oprimidos, la liberación combatiente al yugo opresor de los caciques. Con el caminar de su mirada se hace la memoria. Memoria que han querido caiga en el olvido, su imagen lucha contra esa transgresión: oportunismos y colaboracionismos que la han llevando al pozo sin fondo de la oscuridad fascista. De la vida sin memoria, del pasado sin recuerdos. En su imagen sobrevive no la inamovilidad estática del Estado que lo domina y determina todo, su imagen es movimiento, inspiración de lucha para los pueblos.

Su caminar aparece sincero, claro a la luz de los días que se nos han ido, de esa inmensa luminosidad que con su discurso se abría, como el cielo profundo y libre del verano en que el caciquismo le arrebató su vida; su brazo enérgico, vivaz, de la voz frente a la masa, en la organización. Su manos manifiestas que con cariño dirigen la lucha contra el opresor como un fantasma que sigue recorriendo el pueblo. Los recuerdos se nos hacen borrosos, el tiempo, el olvido. Pero hay algo que no claudica en el corazón del pueblo, el vivo recuerdo que permanece en todos nosotros como la entrega inconmensurable de una mujer que lo dio todo sin esperar nada a cambio. Su voz permanece, silenciosa, en la imagen quieta de su recuerdo, apenas movible, con la misma determinación de la mirada, con la misma sinceridad amorosa por la emancipación del pueblo. Los dolores permanecen hoy más vivos que nunca, cuando la opresión lo domina todo, y nuestra causa común con el pueblo vuelve a resurgir como un compromiso reluciente de destellos vivaces; su muerte, en la historia, es el producto de la ambición capitalista en contra de los pueblos. Sigue latiendo su corazón de Orfa, entre la tierra, juntito a ella, en esos olvidados de siempre, los descalzos, los resistentes, los campesinos, y todo el ser sel pueblo que toma la forma de congruencia militante ligada al proyecto original de la lucha del CDIP: anticapitalista y comunista.

Así se nos aparece ella, cercana a la tierra y sus causas, a la causa de los oprimidos de la tierra, de sus condenados. Siempre violenta, convulsa, la lucha iniciada no es claudicada, está latente. Hoy vuelve aparecer ella, 30 años después como recuerdo vivo, caminando, dirigiendo, organizando. Los preceptos y críticas de Orfa en contra del sistema que destruye al pueblo sigue vigente, tanto como necesario, en un momento crucial de la historia en que la vorágine se reproduce como masacre del estado de cosas en que vivimos, la desaparición y asesinatos de los comunistas.

históricos, esos mismos que en sus ideales han buscado ser eliminados-desplazados por el Estado del sistema educativo, donde Orfa hizo cuño, donde todo empezó: en la claridad de la primordialidad de la educación para la emancipación del pueblo. La educación libertaria, de ideales, comunista, ha buscado ser aniquilada por el Estado en sus formas, hoy la represión se dirige en contra de miles de Orfas que han nacido, como las flores del campo, y que mediante la violencia el Estado ha buscado cercenarlas. No dudamos cuando decimos que el crimen de Estado que se realizó en Orfa es hoy la estrategia de gobierno que somete a la destrucción las imágenes que son recuerdo y lucha del pueblo, de su memoria histórica, esas imágenes luchan por si solas contra todo un espectro que las ridiculiza y las hace confusas, y no diáfanas como ellas mismas son: claridad en la conciencia del pueblo. 

En la imagen de su rostro vive el recuerdo del pueblo insumiso, revolucionario y rebelde que lucha contra el lastre reaccionario del caciquismo en los pueblos. 30 años de una determinada estrategia de represión a los movimientos sociales que abrió el camino a la profundización neoliberal. La figura que crece, como naturaleza perversa y es sombra de los pueblos, es la de un carácter enteramente represivo, sometedor y punitivo como forma política en contra del pueblo. Y ese reventar la tierra, hasta su extinción, como los últimos latidos de Orfa. Pero algo no hicieron bien, esa sagrada exhalación, de su ultimo aliento, se volvió un torrente en el respiro del pueblo, de su inspiración, y se quedó viva en la tierra, en su latir. Ahí la vemos eternamente, en la zarza ardiente del pueblo insurrecto.

Así las imágenes se nos aparecen claras, sinceras, sin manchas. Su pureza es lo que más dolió, la dialéctica de su vida y palabra. No pudieron eliminar la fuente de sus ideas en el corazón del pueblo, donde ella resiste, con su misma fortaleza, como un refulgente pilar de la construcción del pueblo. Allí vivió y murió Orfa, donde ya nadie quiere estar: entre los oprimidos y pobres de la tierra, en su evangelio.  



Ahí se nos vuelven aparecer sus pasos delicados, marchando con el pueblo, en la protesta incansable de los días que nos vienen como río de historia. Orfa marcha entre nosotros, como un fantasma que nos dirige, que nos motiva y nos enseña, con la memoria de sus palabras, en la imagen viva de su recuerdo revolucionario. Orfa Bohórquez Valencia, una mujer de Tierra. 


¡A 30 AÑOS DE LA REPRESIÓN EN CONTRA DE ORFA!
¡NI PERDÓN, NI OLVIDO!
¡TODA UNA VIDA DE LUCHA!