REFLEXIONES DESDE LA AUTOGESTIÓN EN EL TRABAJO TEATRAL
Por Rodolfo A. Ordaz Hdz.
I/III
Si podemos tejer la relación entre teatro y fotografía, esta es la del silencio. El
diálogo necesario de la imagen se descubre por medio de su lenguaje.
Algo vive en el teatro sin poder ser explicado del todo, cierto misterio
que la escena subvierte en quien especta, tranquilamente, mirando con
cierta redondez el escenario que define su universo cotidiano. Si su
metafísica es real, con precaución de no resultar contradictorios, el
teatro es la inmersión de elementos culturales y civilizatorios que por
su dolor se niegan a mostrarse claramente. Fantaseamos la realidad
mientras la vivimos.
Este
teatro de los oprimidos, en libertariedad, es el encuentro que el
diálogo vuelve necesario, en la protesta clamorosa del gesto, una
realidad, la misma, donde la crítica no desaparece. El medio es el de
todos, común. Es inevitable no sentir alejamiento en la distancia
encaminada del mundo que sí conocemos, y en el cual somos desconocidos.
Nos atraviesa la noche con su inquietud, con su eterna búsqueda, dolor
embellecido por la ternura natural. Urbanidad y ruralidad, dos momentos
de la misma escena humana.
Un
mundo verdaderamente capitalista, que es negado por la realidad, el
dolor es la profundidad desértica que encuentra en la verdad su oasis.
La certeza del teatro que lucha. La autogestión en su tarea
revolucionaria con la vida, natural y social. Es un malestar que nos
dirige, con su duda, indescriptible pero presente. Incómodos, sí, porque
el capitalismo nos niega, con su cruel e injusta opresión, la realidad,
es también, encontrar el silencio.
El
contenido radical de la escena, concentra sentimientos y psicología
social, de la cual somos su desprendimiento. Lo periférico es recuerdo
renovado, la montaña encuentra alternativas a un ambiente descreado, el
escenario es la posibilidad humana, de volvernos a humanizar. Este
proceso es construcción colectiva, como cada uno de los 3 años que se ha
realizado. Es el primer año que tengo la posibilidad de acercarme.
En
el camino nos convertimos en espíritus de fuego interior, fortalecidos
por la vida. La tierra nos determina con su respiración de ríos y
flores, de color y presencia. El ENCUENTRO NACIONAL DE TEATRO CODEDI es
un proceso socio-colectivo, organizativo. La poética de este teatro es
subversiva; atacar el valor burgués en sus objetivos su tarea, gesto
impreso con el grito-signo, de un teatro que se resiste a la opresión,
que lucha y se contrapone en la sensibilidad a lo que comienza por ser
una triste verdad. Es la sanación. Nos hace diferentes la historia, y la
decisión que nos trajo aquí, la protesta inconclusa de nuestros pasos.
Los cuerpos hablan, comunican, un lenguaje que es manifestación.
En
el presente proceso tenemos que hablar de todo. El teatro abierto y
común es libertario, no impide la crítica, la extiende a profundidad. El
lenguaje del pueblo es su condición para emancipar, aprender a mirarse
en el espejo invisible de los hechos significantes.
Pensamos
que huimos, de lo que no entendemos, o nos niega. Teatro de símbolos es
la materia, con su lenguaje de parsimonia y silencios. Encuentro con el
sur que duerme en el cañaveral de resistencias. La apología de la
tierra muerta nos enfrenta, a lo incierto de un trayecto donde el cuerpo
es elocuencia. Presenciamos la vida, su transcurrir de vientos.
El
doble de los sentimientos, que buscan un nuevo centro, donde acurrucar
la frialdad de los hechos que se vuelven recuerdos. De vuelta la imagen,
con su presencia absoluta y profunda. La persecución de la idea negada,
el ambiente que nos hace uno con la tierra, en la sangre interior que
fluye, como brotando para verse inclemente en el resplandor celeste. El
azul de los recuerdos profanos.
La
mirada autogestionada nos permite plantear la posibilidad real de ese
otro mundo negado: el de la organización y resistencia contra un sistema
destructor de la vida. Cada montaña, es un paisaje enardecido de verdes
y cafés, realizando esa posibilidad insurrecta de la naturaleza.
Movilizarse entre caminos que son las venas del bien común en lo
colectivo, formas en las que se lucha para regresar a ese mismo material
de nuestras dudas. Inevitablemente el acecho es una constante, con su
miedo, porque la protesta cultural de la acción es la contradicción a
los intereses negociados por el Estado-Capital.
La
autogestión motiva sentimientos, que van apareciendo, en los ojos de
cada árbol que nos mira llegar al Centro, porque es la vida la que nos
ve regresar, con sus destellos de alegría. Somos la sangre que da flujo
al cuerpo atormentado por el dolor que le somete. Los opresores de la
tierra le venden por oro, asesinando a sus hijos.
El
escenario de la montaña es esta utopía de la que hablamos, que con su
fijeza nos mira, el foro es el bosque, los árboles, la tierra, el pueblo
organizado, en resistencia permanente. Aquí la vida es un silencio de
sonrisas, la tranquilidad del encuentro con la poesía, que es sembrada
con la fuerza del puño cerrado, en la levidad del duelo con la muerte.
Los sentimientos se contrastan, nuestros gestos se desfiguran, por qué
hemos perdido el rostro en la historia de estos trayectos.
La plataforma, producto del trabajo socio-colectivo es en verdad un encuentro con las emociones que desenvuelven la posibilidad
hasta su inexistencia, el sueño se vuelve realidad, con su tremenda
fortaleza de tierra que nos habla el lenguaje de lo humano. La madera es
el principio acabado de un pensamiento que empieza como semilla de
vida. Volvemos para mirarnos a nosotros mismos, en un nuevo silencio,
donde el tiempo aparece sí, sólo como posibilidad.
La
autogestión es proceso de lucha, decisión alternativa conscientemente
organizada desde el común, para evitar la destrucción de la vida
colectiva. En su centro sobrevive esta sencilla tarea por la proletaria
existencia, del corazón, que siempre permanecerá escondido, porque solo
esa tenue palpitación hace posible la sangre. El escenario, como tierra,
es la purificación colectiva de nuestros presentes, es la fuerza
sobreviviendo ante nuestros ojos, que con su expresión feliz, en la
sencillez del pueblo, construye con esmero el otro mundo negado.
La
ilusión se ha ido desde el principio, apareció la sinceridad de la
lucha. Los miembros desprendidos de esa misma poesía, que son el núcleo
del combate al oportunismo, el protagonismo y sus compraventas de
sangre. La tierra queda simbolizada en esa inamovible plataforma de
madera, silenciosa y sacra, por ser el espacio común de todas nuestras
luchas.


