A Bernardo lo recordaré siempre vivo, han pasado ya 5 años desde su brutal asesinato, que fue cuatro días antes de que se celebrara la fiesta patronal del pueblo por el que luchó y amó, San José del Progreso. El 15 de marzo es una fecha difícil de arrancarse, tal vez porque expresa el límite que cruzó su vida para seguir enseñándonos en la distancia de la eternidad, desde dónde el sigue luchando, incansable, más allá de sus verdugos. Los que quisieron callarlo no pudieron apaciguar su lucha, le hicieron más fuerte, sobrehumana. Bernardo fue un guardián de la tierra, ahí vive su fantasma y es un referente para la lucha terrenal en la que nos desenvolvemos todos los días. Este año quise recordarle de manera especial escribiendo sobre algo que también nos es lejano: La mujer.
La propuesta inicial fue realizar un cuento. Profundizando en la construcción del personaje abriose un océano en relación a la condición de la mujer en la sociedad moderna capitalista, realmente existente, y la de ser en los hechos uno de los seres que más sufre el abuso, como dolor inagotable en su esencia. Me he dado cuenta que la materia de esta idea, por así decirlo, exigía más allá del cuento, sin devaluar la exigencia de este genero literario, como forma bien elaborada y compleja. Nos cuesta y nos duele hablar de la mujer, pero tenemos ahí un referente directo del sufrimiento de la tierra, y de la vida. Los dolores en la vida de la mujer son también los de la vida en los hombres. Esta realidad fragmentaria surge de la relación difícil con la ausencia, y de la no indiferencia al dolor ajeno, a la muerte injusta, que son injusticias sociales que nos persiguen a todos y que también nos exigen tener claridad al momento de encausar nuestras luchas sociales. Tal vez y esto sólo sea un fragmento de lo que debe ser un plan mayor y mejor elaborado de una novela realista para explicar los tiempos que nos ha tocado vivir, sus sentimientos.
El dolor de la injusticia social fluye en el torrente sanguíneo de la mujer, ella es el ser exacto de la condición opresiva y miserable a la que la sociedad capitalista nos reduce, que es degradación de ella y su lucha en la vía revolucionaria.
Por única vez, la presentación de la foto, con el hecho simbólico de la fecha y la redacción de este fragmento literario realista no guardan relación entre sí más que en la inspiración. La primera persona del plural juega aquí factor determinante para el sentimiento del personaje, una mirada al interior del ser y su vivencia, teatro sin techo y sin paredes. Un visor a la experiencia socialista en la que no se es inmune a una redención trágica. Bernardo, como todos, es un ser vivo del tiempo, internado en el proceso de lucha específica por la defensa de tierras, su ser perdura en todos nosotros, como recuerdo de aliento y presencia, de movimiento. Un amigo verdadero de la vida, camarada combatiente en la eternidad del cielo y la tierra, para ti son estas palabras, teniendo en cuenta que fuimos, y somos todos, la diáspora inconclusa del tiempo en la historia.
LA COMUNISTA
I
La conocí siendo comunista. En la claridad de la tormenta de esos años; los compañeros nos reuníamos en torno aquel árbol para discutir las realidades que vivíamos, nuestros sufrimientos. No puedo recordar exactamente si ella era yo, o yo era ella. Nunca podré olvidar sus ojos, de leves destellos en su mirada, inmaculada.
La miraba siempre a la distancia, tan detenida a veces en sus pensamientos. Yo no fui de los primeros en acercarse, pero si de los últimos en regresar. En realidad siempre tuve ese miedo de estar con ella, de saber, la verdad de ambos. Su voz tan suave y fuerte nos conquistaba a todos por igual, su sinceridad como de tierra hermosa, llena de felicidad, encarnada en flores y atardeceres de fuego, quieta y persuasiva por su belleza infinita. Así nos conocimos, sin esperar nada a cambio.
La verdad me acerqué cuando ya éramos algunos más, no sólo ella, leyendo a la sombra del árbol, un poco alejada, sí; fue cuando empezamos a ser río, para convertirnos después en un bello océano de protesta, cubierto de resplandores. Me gusta recordar su rostro, me llena de felicidad.
No recuerdo cómo pasaban esos años, ni cómo llegué yo a ella, y ella a mí. La vida en su delgada línea nos fue juntando, como la consigna. El pueblo unido, jamás será vencido.
Si la recuerdo muy bien a ella, y a todo lo que nos rodeaba. El pueblo, no era el de ahora, ha cambiado. Pero hay cosas que siguen igual, algunas se pierden a ratos, pero regresan, con el tiempo, a donde siempre.
Las juntas de militancia eran muy difíciles, a veces teníamos que caminar mucho, puerta por puerta, hablando con el pueblo, haciéndole tomar en sus manos la conciencia, así te fui conociendo más, me fui enamorando de la lucha.
Dejó de ser una carga la vida, para volversenos libertad. Nos descubrimos todos, quiénes éramos, hasta los que no estaban siempre, hasta los que vendrían después, el tiempo era ya otro, el nuestro, donde los recuerdos aparecían nuevos, renovados.
Empezamos a ver al pueblo con esperanzas, con deseos de superación y progreso. No de condena. Había que luchar, para todo eso teníamos que luchar, y eso comenzaba con el combate interno de nuestras propias contradicciones.
Te recuerdo muy bien, no puedo olvidarte, te quedaste fijada para siempre, como una foto en mi mente. Te me haces más fuerte cuando miro ese árbol en especial, su madera, y vuelven a mi las imágenes del camino a la libertad.
Y dejamos muchas cosas en ese camino, a nosotros mismos, por el amor a la causa. Nos fuimos desdibujando en el tiempo, tus huellas también. La historia a algunos se nos hizo larga. Como la espera.
Sí te recuerdo siempre como la mar que se ve a la distancia, desde la montaña, lejana e ininterrumpida, con tus brazos al aire, el discurso pronunciado, fuerte y conciso, sonorizando el viento de modo estridente. Una mujer elevada sobre el océano de la masa. Tu rostro fijo en el horizonte. Determinada.
El árbol sigue ahí, y siempre que lo vuelvo a ver, te miro, viva. La consigna está rota. La bandera desgarrada. Ya no estás, desde hace muchos años. Sólo quedó tu sufrimiento, como mi recuerdo.
II
Nunca te dejaste vencer. Frente a la realidad autoritaria, combatiste. Esa tarde fue diferente a las demás, los colores marcaron su terciopelo luminoso, como la miel incendiada de la vida. Lo que nos rodeaba no existía en verdad, sólo el espacio vivo, hecho de tierra y simbolismo, preferí encender un cigarrillo, me sentía tan alejado aquella vez de todo, de todos.
La realidad del tormento, del sufrimiento; me costaba tanto en aquellos días aceptarlo, aceptar la vida y sus verdaderas consecuencias. La loza inaccesible del destierro, la sociedad en su profunda contradicción. Adentro era sólo el destello insurrecto de nuestras vidas, nuestro palpitar incansable, de luchar, de no dejarse vencer, de nuestro espacio hecho de llamas. Me diste tantas esperanzas en el vacío de los días, y esa tarde me di cuenta de todo eso.
El sentir del humo y su destrucción, que rodeaba ese viento nuestro, de penetrante extrañeza. Una ligera oscuridad que nos iba rodeando. Tus ojos, sinceros en la noche abriéndose paso en la ligera línea donde la luz es tiempo; no soportaba que miraras mi miedo. Di otro jalón al cigarrillo, evadiéndote. Llegamos, sin saberlo, a un tiempo que era sólo de los dos. Detuve la mirada en la manta del Che Guevara que colgaba del librero.
—Qué sucede—Preguntaste.
—Hay cosas que sencillamente no logro comprender, la degradación tan profunda que sufrimos, a la que hemos tenido que encarar; pero siempre, lo sabes, me ha importado el futuro, a veces pienso que es irremediable, que estamos destinados a perdernos—
—Somos una pieza más en el motivo de la causa Tristán. No tiene que preocuparte mucho el destino, estamos aquí, luchando. Estamos resolviendo cosas, sabes...no vamos tan mal, hemos tenido victorias, como no las habíamos tenido en años. Mucha gente ha dado su vida en esto, y cuando llegamos a estos momentos, es imposible no preguntarse sobre lo que viene, pero también hay que aprender a detenerse Tristán, observar bien, ver cuál es el siguiente paso, pero nunca dejar de seguir adelante.
—Me preocupas tú, lo que pueda llegar a pasarte—
—Lo importante ni siquiera es eso, lo que no debemos olvidar es por qué estamos aquí, y no estamos soñando Tristán, esa tarde que miras atrás del espejo es real, y esa incomprensible luz que nos ilumina el rostro también, ¡la lucha Tristán!, eso es, pero no sólo en abstracto, entiendes, sino en su concretud, lo que nos motiva, y esa es la construcción de una sociedad sobre la base de unión de mujeres y obreros. La mujer como sujeto de la historia que inventa y construye las bases de esa sociedad libre y solidaria. Las mujeres somos como la tierra, y tenemos que ser libres. Así el pueblo, liberarse de las ataduras. Ser sujetos de cambios verdaderos.
—Yo te seguiré soñando, aunque ya no estés—
—Gracias—
Buscamos ser consecuentes ante todo. Y la lucha estaba indudablemente alimentada por las mujeres. Nunca volví a ver otra determinación en la lucha como la de aquella mujer. Entre nosotros existió lo más grande e inexplicable de la vida. Nuestros pasos los dirigía siempre la lucha por la dignidad humana, contra toda forma de inhumanidad. Veíamos en la naturaleza un gran motivo, como fuente de condición humanizante para el pueblo.
Así nos encaminamos siempre, tomados del brazo, con el sentido necesario de la vida en nuestro interior. A la marcha incansable de la historia.
III
La volví encontrar a la distancia de los años. Sobre la tierra que va perdiendo su color de café, para hacerse de un negro profundo, de velo inaccesible al pasado, como el silencio que hace más fuerte los secretos, ensombreciendo la vida en una interminable duda del tiempo.
Ya no era, su figura, más que el recuerdo perdido de un destello diluido por los años, pero también de su no poder ser vista, más que en la forma innoble del sufrimiento y la tragedia. Aún en su fotografía, como si los ojos perdieran su brillo, su ilusión, para volverse de un material divino, cercano a la muerte; pero que por su procedencia no dejan de estar iluminadas, a fuerza de no querer morir, de rebelarse a la muerte aún en el lecho profundo de lo inaccesible para los otros, para mí.
No se cuántos de esos años han regresado aquí, de nuevo. Nos fuimos perdiendo, irremediablemente. Es el mundo, un yermo de inagotable sufrimiento, infinito de tristezas y desencuentros. Es como si la distancia no pudiera dejar de ser, como un lejano irse de la vida para encontrar su forma primitiva en el pedazo simbólico de la tumba, del panteón. Ese espacio limitado de significaciones que se nos ofrece como resumen de la vida, su conclusión.
La inamovible presencia de una cruz hecha a semejanza de los hombres, del mismo material que los determina en el transcurso histórico. Cruz de tierra y madera, de hueso y fierro. Incrustada como dolor de la tierra, dolor de madre por sus hijos, apenas perceptible, silencioso.
Así es esa tumba, como si la rodeara un silencio de eternidad. De secretos inagotables, y de cada vez una mayor profundidad en la vida. Pero es a la vez un sentirse fuera del tiempo, como esa última palabra no escuchada del que llega a casa, o ese último gesto esperado en la cotidianidad, y que a la luz de la muerte se nos vuelve convexo, e irresistiblemente opaco, como la tierra que lo cubre y dónde lo buscamos.
El tormento, es aquí el olvido, el ya no existir para siempre, más que en la forma de la tragedia. He regresado a ti, después de tantos años, para mirar la humillación hecha sepulcro, la palabra en el viento resistiendo calladamente, y sólo las lágrimas que acompañan la despedida de siempre; pero hay algo en tu cruz, que la hace ver distinta a la provocación de la destrucción: es la estrella, que resplandece en tu centro, distinta, tan comunista como siempre.
La tierra deja de existir como el frío de los recuerdos pasivos y osificados, volviéndose por unos instantes el campo celeste lleno de destellos que fue nuestra vida. Es la madera, de la que está hecha tu cruz, cuerpo de espíritu, árbol de enseñanzas. Siempre serás lejana para mí, en tus ideales...Flora; te sigo soñando.
