miércoles, 7 de octubre de 2015
viernes, 2 de octubre de 2015
jueves, 1 de octubre de 2015
EL MACEHUAL A 100 AÑOS DE REVUELTAS
“Cuando el día no depara ninguna esperanza, cuando ni el sol mismo es un regocijo verdadero, la noche se hace breve y el amanecer irrumpe, de pronto, con sólo abrir los ojos. Mas cuando con el día se espera algo duramente anhelado, cuando el sol aguarda como un sol nuevo y hermoso, trasladado al propio corazón, la noche se hace negra y fiera, larga, capaz de encanecer la cabeza de los hombres.”
José Revueltas
El crimen de Estado perpetrado en Iguala se sitúa en el preámbulo de la conmemoración del 2 de octubre. La combatividad de Ayotzinapa, como cada año, se hacía presente en la movilización. El fuego de la protesta que arde en la normal Raul Isidro Burgos es histórica, estridente.
Su crítica, su disidencia, les valió la muerte. Uno de los primeros artículos sobre la desaparición de los estudiantes desaparecidos en Proceso se tituló “Ayotzinapa: La masacre del PRD” , la participación en el crimen, de los tres niveles de gobierno, es evidente, el autoritarismo de los partidos, cómplices en la masacre es el hecho, el sitio de la impunidad, su profundización como totalitarismo de Estado.
En el año 100 del nacimiento de Revueltas, el hecho toma una significancia específica, el acoso, la represión, a un disidente del partido se tornaba actual. La lucha por la transformación de las condiciones del pueblo, contra la opresión, la condena que el Estado impone a la vida, el olvido, el asesinato, de los luchadores del pueblo, de los jóvenes conscientes. Es la masacre la constante que rodea la historia de la conciencia estudiantil, de su lucha. El sitio de Iguala se inscribe en la historia de la represión del Estado a la consciencia estudiantil, de sus necesidades críticas.
El dolor, sentimiento social, hecho de la opresión violenta sobre el pueblo, permanece enterrado en la tierra, latente, la realidad de la tierra en Ayotzinapa, es la situación del sur, sú dolor, el nuestro. La violencia de la dictadura, madura en el hecho sangriento del crimen, del pueblo sojuzgado, como la ulisista en Oaxaca, es una maduración de la violencia, penetración del control sobre el pueblo para evitar la consciencia y la libertad, la rebeldía es la que el Estado ha querido eliminar en Ayotzinapa, su derecho, su semilla.
Son los proyectos de autonomía educativa, las oportunidades de realización social de los mas pobres, lo que el Estado asesinó y busca desaparecer, escondiendo la verdad del pueblo sojuzgado, atormentado por la violencia.
El crimen apareció en la conciencia social, con la expresión del numero 43, pero habríamos que preguntarnos si solo son esos. Importan todos los silencios, cuando el hecho de injusticia está presente, cuando la represión ataca ocultando la verdad, apartando miles de historias de la colectividad en la que se funda este país como nación “independiente”, el hecho de lo que le pasó a los estudiantes de la normal, es el precio impuesto por el poder a la disidencia, por su rebeldía, a todos aquellos que se han atrevido a defender el pueblo, sus comunidades, a levantar la voz contra la opresión.
*Este texto aparece en un boletín que se difundió en el otoño de 2014 como parte de las movilizaciones por Ayotzinapa
A un año de Ayotzinapa...
Es irremediable pensar los pasos transcurridos del tiempo, en un año se forjan los encuentros y desencuentros de la historia de México. El año representa la vuelta de los ciclos, el momento de su cumbre y decadencia dentro del circulo inexorable de los días. Y aparecen, en los últimos días del tiempo, que es ese, de ellos y nosotros, la finalidad y el principio de otro: El que no estuvo dispuesto a callar, el que sigue dando pasos con la memoria.
26 de septiembre ¡No se olvida!, es el grito de nuestra rebeldía. Y en el número aparece el tiempo de una cifra perdida, que no logra contener el tiempo en su devenir. Vuelven a nosotros las imágenes de los días pasados, las pláticas de ayer...de los años, los pasos dados hacia adelante y hacia atrás. Los rostros del ayer que seguimos buscando en el presente, y no querer olvidar, porque son los recuerdos los que nos llenan, como haz de luz entre las tinieblas.
Y la voz, que es la de ellos, volvió aparecer, lenta y caminante. Se abrió el recuerdo y el tiempo a su viva voz: ¡Ayotzinapa Vive!. Y se fueron abriendo los días más cercanos, la tierra en su lenguaje, pasaba lenta, como una tortuga, como si el tiempo quisiera detenerse, no irse, como si ese llenar de los corazones, esa esperanza latente, fuera más que una fecha, como si el tiempo fuera algo más, algo que somos y nos negamos aceptar.
Año en que todos nos dimos cuenta de la falta de libertad, de la opresión brutal del Estado en contra de los pueblos, en contra de su fecunda juventud estudiantil. La noche nos esperaba, el 26. Recuerdo que es también de brutalidad en el trascurrir, y de cómo hacerse fuertes frente al crimen. Esperamos con miedo, esa fecha maldita, que ya quedó como rabia en nuestros corazones.
Dolor y amor se encontraron en un solo punto. No dejamos de aprender en todo este año lo que somos de historia, a veces olvidada, a veces perdida. La lluvia no cesó, al igual que esa noche en Iguala, nosotros resistíamos en el silencio, pero aquel silencio no callaba, hablaba por todos lados mediante la luz, haz de luces parpadeantes acompañadas de la voz. Y la espera se nos hizo larga en todo este año, sonrisas y dolores se fueron sobreponiendo unas a otras, y ahora solo la luz en la oscuridad, como rayo en las mentes, y la viva voz, que denuncia, venia con el aire, ondeando suavemente la manta que recibía esas ráfagas, como destello del fuego naciente, la lluvia no cesaba.
Y desde la alegría de nuestros sueños, pasamos a ese silencio que aguarda. Las mentiras se hicieron, ahora más presentes que nunca. Y la verdad anunciante no cesaba de retumbar: Una vez más el pueblo denigrado por el Estado, el empeño de éste por manchar su pureza. El amor fue más fuerte aquella noche. En contra de las balas asesinas nacía el recuerdo de ese pueblo que lucha, que no se detiene, que sigue adelante, que se mantiene unido hasta el final.
Y la luz en su aletear refleja los ceños del pueblo, la cantidad de dolores albergados que no son de ahora y son de siempre, ese punto que para el Estado quería ser el final, nos hizo brotar en el tiempo para siempre, con nuestros dolores reflejados, sentidos.
Se hizo la noche para todos nosotros como aquella noche en Iguala para los normalistas de Ayotzinapa, y todo eso que sonaba tan triste, lagrimeante de lluvia, nos hizo claros en cada sentimiento, nadie había estado solo durante todo ese año, ahí se encontraba alguien más, como sombra de la noche. Ahí estaban ellos, presentes, fuertes, resistentes. Y la espera no se nos ha hecho nunca larga, ha sido corta todo el tiempo.
El recuerdo, será siempre así un estático, más sin embargo, el tiempo y el número no se pueden detener, afrontamos, que la verdad de este año es la que se encuentra en el corazón del pueblo. Aquel que espera anhelante y con alegría en el medio de la tristeza y el dolor. Porque nuestro pueblo está vivo todo el tiempo, vive entre nosotros como semillas, que sin embargo pueden volver a ser cortadas.
Ha pasado un año de los hechos de Iguala, desde la masacre en contra de Ayotzinapa, no podemos evitar sentir toda esa oscuridad, y el movimiento luminoso que como río desciende a nuestras mentes, por nuestros ojos, es lo único que nos queda. Nos vamos de este punto del tiempo que ahora es de todos, cómo llegamos: llenos de esperanzas y de dolores, caminando, caminando.....
EL MANIFIESTO DEL CONJUNTO
A UN AÑO DE LA MASACRE PERPETRADA POR EL ESTADO EN IGUALA GUERRERO
!NI PERDÓN, NI OLVIDO!
Miahuatlán de Porfirio Díaz, Oaxaca, al 26 de septiembre de 2015
Al pueblo de Miahuatlán
Al pueblo de México
A sus estudiantes
FIRMA
CONJUNTO DE FORMACIÓN AUTOGESTIVA “FIODOR M. DOSTOYEVSKY”
CANTO IRREVOCABLE
Yo, que tengo una juventud llena de voces,
de relámpagos, de arterias vivas,
que acostado en mis músculos, atento a cómo corre y llora mi sangre,
a como se agolpan mis angustias
como mares amargos
o como espesas losas de desvelo,
oigo que se juntan todos los gritos
cual un bosque de estrechos corazones apretados;
oigo lo que decimos todavía hoy
todo lo que diremos aún,
de punta sobre nuestros graves latidos,
por boca de los árboles, por boca de la tierra.
Yo, que irrevocablemente sé de nuestra eternidad definitiva
de nuestra juventud de atentos sueños
y lágrimas despiertas;
de los tercos tambores tercamente sonando
que hay en nuestro oscuro fondo.
Que tengo un par de rotos ojos vivos,
mirando, aún no calcinados,
y unos brazos largos, inmensos, eternos como piedras,
como piedras duras y varoniles y tristes.
Que con esos ojos abiertos y sufriendo
sé ver nuestra tierra por la sal blanqueada,
blanqueada por la amarga leche de los senos,
cómo se apaga con los huesos.
Y cómo se apaga y se seca de ceniza la sed
y se pudren las manos, y se curva el silencio.
Yo, que tengo un pobre e inútil corazón
para toda la tristeza
que dejo de sufrir a cualquier hora,
he visto a las madres arenosas y clavadas,
las madres de tezontle, las madres de piedra de metate,
llorando cuentas vivas de cal,
granos amargos,
gotas de plomo.
Lloran piedras de río
sentadas como viejas raíces,
las madres hechas de tierra de la tierra.
He visto y llorado todo esto, yo.
Pero no he llorado todavía.
Hay un océano grande de tristeza.
Quisiera tener un corazón lleno de trigo
y mi pobre corazón es muy pequeño.
Hay que hacer un gran río del mundo,
juntar nuestros pulsos hasta formar un gran cielo.
Un cielo del que llovamos redivivos,
nuevos, virtuosamente limpios y dispuestos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




