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| Pintura presentada por el Dee en la exposición "Fragmentos" en el Espacio Cultural "La Gavilla" |
Los colores iluminan los semblantes, sinceros y discordes al tiempo. La somnolencia del llanto quebrantado en nubes que son trueno, al aligerarse el paso suave del tiempo por caminos que no pueden ser otra cosa, más que sinceros.
Nuestra realidad, una sola, entre sueños y vigilias que se nos hacen entramados interminables, la historia del pueblo, en un color que nos vuelve olvido, trazos suaves e iluminados por la tenue ráfaga de una luz que se agota, pero que es a la vez emergente y solidaria.
Y somos eso, los distantes pueblos del sur, en silencios de rosas y flores, marcados por la presencia constante de una realidad que apenas alcanzamos a comprender, y que a veces se nos vuelve interminable, como nubes que hablan en penumbras.
SILENCIO DE DESTREZAS, y de vidas, con sus sentimientos enraizados, cariños incomprensibles en la continuidad del espacio, viaje, que no sabemos a donde nos dirija.
Un lenguaje se asoma en cada imagen, que nos vuelve a detener con la suave ternura de la tierra, que nos recubre el corazón, la esencia de todo un pueblo en su vicisitud existencial.
Acordonados por lágrimas de estrellas que terminan por sintetizarse en la intermitente iluminación de luciérnagas que son el presagio presente del sueño y su certeza.
Miradas profundas a la añoranza de nuestro suelo insólido, entre la claridad nocturna del océano, o de la libertad de un campo florido. Somos vidas que respiran, y se desenvuelven en la construcción de historias como el río interno del que se alimenta. Los colores de nuestras peculiares vidas fragmentarias, que se asoman al vernos, en la reducción delicada de un sueño magnífico.
Soñamos mientras sentimos, y la vigilia es así una resistencia al tiempo, que es insomne por la actividad enamorada de los ojos. No dormir, para lograr ver amanecer.
La intimidad del sacrificio de la tierra asomándose, en la representación antropomórfica de personajes agrarios. Pintar los pueblos en un sin tiempo, en una nave llena de vivencias, en la esencia interminable de la vida.
Las limitadas contradicciones de nuestra época, subyacentes en los objetos que nos temporizan, y de una manera u otra la pregunta constante de nuestra propia crítica, de la vida reflejada en diversos instantes, que a la vez son momentáneos.
El contenido visible de nuestras procedencias, del día a día. La relación onírica con la desnudez del tiempo enfrentándose con entereza a nuestros fragmentos. La jerarquía sombría que abona su enigma en la desilusión del relato, en la suave verdad de los pueblos como la estética sensualizada de texturas que afirman sus cuerpos. El pueblo, la tierra, el paisaje, las formas.
Recuerdo de los años en el camino. Del corazón galáctico y resistente, doliente por el cual se mueven los territorios. Referencias organizacionales, presencias insurrectas y ausencias que no claudican en su silencio. Son los pueblos los que se muestran fragmentariamente y que sólo el trabajo logra unirlos, rebeldías crisoladas por el pueblo que se niega a morir en la imagen que también es Amor.
Premura de amor a la naturaleza para nuestros pueblos, su vida palpitante entre ríos, bosques, llanuras, territorios...

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