La presencia de la
tierra está entre los pueblos. Con su anhelar de voces el tiempo
pasa sin vernos, apenas un suspiro en el desencuentro que nos va
dejando la represión sobre esta idea fundamental, que como sueño se
nos hace real en el volver a vernos, de una manera tan silente que
pareciera que las dudas no existen. Sigue el espíritu, avivado en el
humo de copal, en las reflexiones que nos han dejado procesos largos
de construcción de acuerdos que por el tiempo, a algunos, los más
alejados, se nos hacen imposibles como a la vez necesarios.
Las comunidades
siguen estando ahí, con su decidida defensa, que como rocío se
asoma, en los saludos solidarios del campesinado que guarda sus
recuerdos cautelosamente, en el lugar impensable del silencio,
mientras la memoria nos hace vivos, como la pausa de los tiempos. El
ritmo distinto de estas rebeldías.
El silencio del
sitio, al esperar, como fundamento cultural de estas luchas que suena
incomprensibles para muchos. La piedra del sacrificio sigue erguida
entre la marea de sombras que adquiere la forma humana de esta
resistencia: Día estatal-mundial contra la minería, 22 de julio del
2018.
El ser de los
pueblos campesinos, en su necesaria oración por la vida, y de su
principio vital que nos es tan necesario, mientras el sonido
suplicante de las aves nos habla de la necesidad del agua en la
tierra. La sequía hace presente su estrago, las contradicciones
profundizadas en un panorama de succión hídrica por la Fortuna
Silver que opera en San José del Progreso.
Los pueblos se
organizan y trabajan, para pedir el agua al viento, cuidándola y
defendiéndola en sus territorios, y así la misma vida, un cuidado
que tiene, como de criatura, con su resplandor de divinos futuros.
La tierra se hace
sentir siempre con toda su fuerza, la cultura es un sentimiento que
palpita a su movimiento. La importancia de hacer presente la vida
territorial es primordialmente eso: lo que tenemos en común los que
habitamos la vida.
Estar juntos debería
ser siempre una necesidad, trabajar y sonreír entre las milpas y los árboles, la vida común en la casa de todos; la naturaleza de
nuestro tiempo de pueblos que no desiste en ese sentir de los
corazones en la sola unidad de tierra. Para decir al final: ¡No
estamos solos! ¡No estamos solos!
Nuestro ser
oaxaqueño es la referencia que realmente siente la verdad de su
cultura en el anhelo del campo y sus frutos. Todas formas que solo
pueden generarse en las voces encontradas de la asamblea. Los rurales
tomamos acuerdo: ¡No a la minería! ¡Sí a la vida!
Sí al agua limpia,
sin contaminantes tóxicos, sí a la producción de vidas naturales.
Sí a la construcción de culturas sanas y vivas. No a la muerte del
despojo y la división impuesta por la codicia y la ambición de unos
cuantos. Sí al corazón en amor por nuestros pueblos.
Nuestros días son
esos, precedidos y cuidados por todos los que nos han enseñado a
caminar la voz de los pueblos campesinos. Su anhelo presente en cada
suspiro, en cada recuerdo organizativo, en cada logro de conciencia y
acuerdo que se expresa en el acta solidaria de defensa. Ahí siguen
ellos, en la determinación del brazo al cuidado de la tierra-vida.
Volvemos la mirada a
nuestro ser pueblos, a nuestros caminares, a todos esos silencios que
esperan en la inconmensurable destrucción, por el destello de vida,
por la victoria de la memoria.
La vida nos exige
siempre determinaciones, susurradas a veces como la necesidad certera
del sobrevivir, del ser verdaderamente artistas, y por lo mismo,
campesinos.
Constituir un solo
canto asambleario, donde el derecho a la vida sea primordial, y la
justicia una realidad. Hacer de la cultura un cuidado de tierra, esa
es la fuerza que nos dirige. La marcha cultural aclara esa verdad
opacada por el folklor: el de un pueblo que resiste, mediante sus
pasos y consignas organizadas, por el derecho a un futuro de paz y vida.
Rodolfo A. Ordaz Hdz.
(CFAFMD)
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