martes, 31 de julio de 2018

LOS DÍAS DE LA ORGANIZACIÓN



La presencia de la tierra está entre los pueblos. Con su anhelar de voces el tiempo pasa sin vernos, apenas un suspiro en el desencuentro que nos va dejando la represión sobre esta idea fundamental, que como sueño se nos hace real en el volver a vernos, de una manera tan silente que pareciera que las dudas no existen. Sigue el espíritu, avivado en el humo de copal, en las reflexiones que nos han dejado procesos largos de construcción de acuerdos que por el tiempo, a algunos, los más alejados, se nos hacen imposibles como a la vez necesarios.

Las comunidades siguen estando ahí, con su decidida defensa, que como rocío se asoma, en los saludos solidarios del campesinado que guarda sus recuerdos cautelosamente, en el lugar impensable del silencio, mientras la memoria nos hace vivos, como la pausa de los tiempos. El ritmo distinto de estas rebeldías.

El silencio del sitio, al esperar, como fundamento cultural de estas luchas que suena incomprensibles para muchos. La piedra del sacrificio sigue erguida entre la marea de sombras que adquiere la forma humana de esta resistencia: Día estatal-mundial contra la minería, 22 de julio del 2018.


El ser de los pueblos campesinos, en su necesaria oración por la vida, y de su principio vital que nos es tan necesario, mientras el sonido suplicante de las aves nos habla de la necesidad del agua en la tierra. La sequía hace presente su estrago, las contradicciones profundizadas en un panorama de succión hídrica por la Fortuna Silver que opera en San José del Progreso.

Los pueblos se organizan y trabajan, para pedir el agua al viento, cuidándola y defendiéndola en sus territorios, y así la misma vida, un cuidado que tiene, como de criatura, con su resplandor de divinos futuros.

La tierra se hace sentir siempre con toda su fuerza, la cultura es un sentimiento que palpita a su movimiento. La importancia de hacer presente la vida territorial es primordialmente eso: lo que tenemos en común los que habitamos la vida.

Estar juntos debería ser siempre una necesidad, trabajar y sonreír entre las milpas y los árboles, la vida común en la casa de todos; la naturaleza de nuestro tiempo de pueblos que no desiste en ese sentir de los corazones en la sola unidad de tierra. Para decir al final: ¡No estamos solos! ¡No estamos solos!

Nuestro ser oaxaqueño es la referencia que realmente siente la verdad de su cultura en el anhelo del campo y sus frutos. Todas formas que solo pueden generarse en las voces encontradas de la asamblea. Los rurales tomamos acuerdo: ¡No a la minería! ¡Sí a la vida!

Sí al agua limpia, sin contaminantes tóxicos, sí a la producción de vidas naturales. Sí a la construcción de culturas sanas y vivas. No a la muerte del despojo y la división impuesta por la codicia y la ambición de unos cuantos. Sí al corazón en amor por nuestros pueblos.

Nuestros días son esos, precedidos y cuidados por todos los que nos han enseñado a caminar la voz de los pueblos campesinos. Su anhelo presente en cada suspiro, en cada recuerdo organizativo, en cada logro de conciencia y acuerdo que se expresa en el acta solidaria de defensa. Ahí siguen ellos, en la determinación del brazo al cuidado de la tierra-vida.

Volvemos la mirada a nuestro ser pueblos, a nuestros caminares, a todos esos silencios que esperan en la inconmensurable destrucción, por el destello de vida, por la victoria de la memoria.

La vida nos exige siempre determinaciones, susurradas a veces como la necesidad certera del sobrevivir, del ser verdaderamente artistas, y por lo mismo, campesinos.

Constituir un solo canto asambleario, donde el derecho a la vida sea primordial, y la justicia una realidad. Hacer de la cultura un cuidado de tierra, esa es la fuerza que nos dirige. La marcha cultural aclara esa verdad opacada por el folklor: el de un pueblo que resiste, mediante sus pasos y consignas organizadas, por el derecho a un futuro de paz y vida.

Rodolfo A. Ordaz Hdz.
(CFAFMD)
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